En esta ocasión, tampoco se trata de textos que hablen específicamente sobre el ensayo, pero son nociones, afirmaciones e imágenes maravillosas sobre la literatura y el oficio del escritor que no pueden faltar en mi archivo personal. Si bien Woolf es más conocida por sus novelas, sus ensayos son de una calidad y una sensibilidad extraordinarias; el elemento narrativo siempre está presente, así como el cuestionamiento y las propuestas éticas.
Dejo también la ficha bibliográfica por si alguien gusta buscar el libro:
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Woolf, Virginia, La torre inclinada y otros ensayos, 2ª
ed., Andrés Bosch (trad.), Barcelona: Lumen, 1980. (Palabra en el tiempo, 129).
-Y
si hablo en primera persona, con intolerable egotismo, os pido excusas por
ello. Lo hago porque no quiero atribuir al mundo entero las opiniones de un
individuo solitario, mal informado y desorientado. (“El señor Bennet y la
señora Brown”, p. 22)
-El
escritor debe establecer contacto con el lector por el medio de ponerle delante
algo que el lector reconozca, con lo que estimula su imaginación, y les
predispone a colaborar en el empeño, mucho más difícil, de llegar a la
intimidad. Y es de suma importancia que se llegue a este territorio común
fácilmente, casi instintivamente, en la oscuridad y con los ojos cerrados. (“El
señor Bennet y la señora Brown”, p. 38)
-Sí,
por cuanto la prosa es tan humilde que puede ir a todas partes. No hay lugar
por sórdido que sea, por bajo, por mezquino, en el que no pueda entrar. También
es infinitamente paciente, humildemente adquisitiva. Puede lamer con su larga y
glotona lengua los más minúsculos fragmentos de hechos, y unirlos formando los
más sutiles laberintos, y escuchar en silencio junto a puertas tras las que
sólo se oye un murmullo, un cuchicheo. (“El estrecho puente del arte”, p. 196)
-El
escritor de la torre inclinada ha tenido, por lo menos, la valentía de arrojar
por la ventana la cajita de juguetes. Ha tenido la valentía de decir la verdad,
la desagradable verdad, acerca de sí mismo. Este es el primer paso en el camino
de decir la verdad sobre los demás. (“La torre inclinada”, p. 222)
-Escribamos
a diario, escribamos libremente, pero comparemos siempre lo que hemos escrito
con lo que los grandes escritores escribieron. Es humillante, pero es esencial.
Si pretendemos conservar y crear, sólo de esta manera lo conseguiremos. […]
Pasemos ya. La
literatura no es propiedad privada, la literatura es territorio público. No
está dividida en naciones, y en literatura no hay guerras. Pasemos libremente y
sin miedo, y descubramos por nosotros mismos el camino. (“La torre inclinada”,
p. 228).
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